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Espiritualidad :: Entrenamiento oracional :: Coaching


Camino y transformación: 
Recibí de mis padres aguas amargas


Confesiones de un joven latinoamericano

Santo de Israel,
Cuando estaba pequeño,
y comenzaba a vivir,
mis padres me dieron a beber aguas de amargura
que traen maldición.
Cuando se enojaban conmigo
me repetían una y otra vez:
¡Tú no sirves para nada!
¡Maldito!
¡Plasta!
¡Bruto!
¡Hijo de puta!
¡Coño de madre!
Otras veces me tildaban de loco,
de malo y de marico;
o me comparaban con excremento humano:
¡Tú eres una mierda!

Padre mío,
mis padres me dieron aguas de opresión para beber,
y yo las bebí.
Me insultaban con tanta convicción
que mi débil alma de niño les creía.
Ellos me hipnotizaron con sus aguas amargas,
con sus maldiciones.

Padre mío,
Seca en mí con tu poder
el pozo de aguas amargas que mis padres
cavaron en mi alma.
Lava mi alma con agua purificadora,
con agua viva.

Otras veces me golpeaban
por mis locuras infantiles.
Ellos pensaban que estaba poseído
por el demonio;
pues me daban palizas hasta pensar
que habían sacado el demonio de mí.

Mi madre me golpeaba por mis locuras infantiles
una y otra vez, una y otra vez.
¡Qué agresiva era mi madre conmigo!
No conocía palabra de perdón.
Con ella aprendí que una mujer es agresiva.
No puedo olvidar la agresividad de mi madre.
A veces tiemblo delante de una mujer,
y no sé por qué.
Es el recuerdo de la agresividad de mi madre
que aún vive en mí.

Padre mío, perdona a mi madre
pues ella no sabía lo que hacía.

Tenía tanta sed de aguas limpias.
Me sentía como aguas derramada en tierra
que no se puede recoger.
Pero para ti, oh Dios de Israel,
no hay nada imposible.

Padre mío,
yo maldije una vez a mi madre.
La maldije con todo mi corazón.
Y con todas mis fuerzas.
¡Maldita vieja!, le dije.
Pues ella me golpeo tanto,
una y otra vez, hasta que perdí el conocimiento.
Cuando caí al suelo puso su pie sobre mi cuerpo
de niño, y me golpeo sin tener misericordia.

¿Qué hago Padre mío para olvidar
la agresividad de mi madre?
¡Dame a beber agua viva de tus pozos
para que sanen todas las heridas de mi alma!
¡Vacía sobre mí siete cántaros de agua viva,
y límpiame de todo pecado!

El agua que me dieron mis padres era mala,
y la tierra donde yo crecí era estéril.
En mi niñez conocí el abandono y la pobreza.
El hambre y la violencia.
La soledad de mi madre,
y su tristeza de mujer despreciada.

Cuando comenzó mi juventud no tenía valor.
El manantial de mi vida se había secado.
El pozo de mi vida estaba seco.
Mis padres habían cegado todas las fuentes de mi agua.
Todos los árboles buenos en mí habían sido talados.
Tenía una sed incontrolable por agua viva;
pero no sabía dónde encontrarla.
Hasta que descubrí la admiración humana.
¡Creí haber encontrado la fuente de agua viva
que tanto había buscado!
Descubrí que haciendo hazañas
me ganaba la admiración humana.
Me volví adicto a la admiración humana.
Constantemente buscaba la forma
de impresionar a los demás.
Exageraba mis hazañas para impresionar.
Me sentía como un prostituta barata,
pues estaba dispuesto a dormir con cualquiera;
sólo con el fin de ser admirado.
No podía resistir la tentación de ser admirado.
Me había transformado en un pordiosero de la admiración.
Buscaba constantemente unos ojos que me brindaran admiración.
“Hola, aquí estoy yo, no me ignoren,
si lo hacen, se me rompe el corazón.”

Salía todos los días en busca del alimento
para calmar mi miseria interior.
Me transformé en un cazador de admiración.
Podía oler a grande distancia mi presa.
Me torné creativo;
pues desarrollé estrategias geniales
para cazar admiración humana.
Aprendí a intuir qué era digno de admiración humana.
Aprendí a leer en los ojos de los demás
lo que ellos querían admirar.
Hasta que noté que la admiración humana
entró a mi alma como agua y la envenenó.
Pues amaba a los que me admiraban,
y odiaba a los que no respondían a mi deseo.
Sentía ansias y anhelos por los que me admiraban,
pero al mismo tiempo los odiaba;
pues ellos eran para mí como una droga
que me hacía olvidar mi miseria interior.
Me había transformado en esclavo de hombres.

Como esclavo de hombres me encontraste,
Santo de Israel,
como esclavo me compraste.
Le diste a mi vida un nuevo valor.
Le colocaste a mi vida un nuevo precio.
Un precio que no consiste en la admiración humana.
Ni en lo que los demás piensan de mí.
Un valor eterno le diste a mi vida:
La sangre de tu Hijo Jesucristo.
La sangre que tu Hijo derramó en la cruz
para la redención de mi vida.

No he visto viento, ni he visto lluvias;
sin embargo el valle de mi vida se llenará de agua viva,
porque ahora yo, Santo de Israel, creo en ti.

Ahora el río de Dios rebosa de agua en mi corazón.
Pasé por el fuego y por las aguas amargas,
pero tú me sacaste a un lugar de abundante agua viva.
Convertiste mi corazón de roca en estanque de agua viva.
Mi corazón tan duro como el pedernal lo transformaste
en fuentes de aguas eternas.
Era como jardín en que no hay aguas,
pero en Cristo sacaré con gozo agua
de los manantiales de salvación.


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